Allá por julio del 2008, España no conocía lo peor de la crisis económica que todavía la acosa. La burbuja en la que la península ibérica había vivido durante un lustro empezaba a desvanecerse. Por aquel entonces, este humilde servidor decidía emprender un viaje hacia el viejo mundo para recorrer, conocer, experimentar y explorar. Partí entonces hacia la madre patria, sin un rumbo determinado y sin fecha de retorno establecida. Mis familiares españoles me advertían sobre lo difícil que estaba la situación y lo complicado que era conseguir trabajo. Como tenía cierto respaldo económico para solventar la aventura, la tormenta que se venía no me amilanó y emprendí el viaje.
Más allá del entusiasmo por viajar, visitar a mi familia (la de mis abuelos) e intentar utopías como jugar al fútbol en España, en algún momento busqué trabajo con la intención de ahorrar algo de plata para extender mi estadía y luego volver para Argentina con algunos euros. La verdad que la oferta laboral era muy reducida y lo que más había era trabajo de camarero por sueldos inferiores a los 1000 euros. La cuestión estaba difícil. La desocupación subía y la economía iba en picada.
Más allá del malestar y la preocupación creciente de gran parte de la población, no había mayores reacciones frente al derrumbe de un sistema fraudulento basado en la deuda sobre dineros ficticios. Tres años atrás se iniciaba una debacle que dura hasta hoy, debacle en la cuál los generadores de la crisis, bancos y financieras, fueron rescatados con fondos del estado, mientras que la gente, el pueblo, las personas, se quedaron en la calle, sin trabajo y sin vivienda. Más allá de la quietud de la mayoría de la sociedad, caminando por Madrid encontré un afiche pegado en la pared de una sucursal del banco Santander. En el papel se podía leer un mensaje que expresaba el descontento con el accionar de los principales gobiernos del mundo, proclives a salvar a los bancos y darle la espalda a la gente. Firmado por la página www.solidaridad.net, lo mejor del volante era el dibujo, donde tres hombres estaban sentados comiendo en una mesa. De un lado estaba el pueblo, flaco, con cara angustiada y el plato vacío. Del otro estaba el sistema bancario, gordo, con la boca llena y tres abundantes bandejas de comida. El tercer hombre, el gobierno, gentilmente le servía una copa (ver segunda foto).
Tres años después de aauello, miles de jóvenes salieron por toda España a expresar su rechazo al sistema que los llevó a esta situación de escasez, sin trabajo y sin esperanza, donde los peces grandes, los bancos, siguen facturando mientras las personas comunes y corrientes sufren ante la incertidumbre de no saber qué será de sus vidas. Luego de vivir varios años en una mentira, gran parte de la sociedad española se dio cuenta que el sistema así como está no funciona y que es hora de cambiarlo. Primero que nada, se dio cuenta que tiene voz y que puede ser escuchada. tal es así que vía internet se generó una cadena de mails para juntar firmas con el objetivo de que los políticos reduzcan sus ingresos. La consigna es "No a los sueldos desorbitados y prebendas de la clase política española". A la misma se puede adherir en el siguiente link: www.peticionpublica.es/?pi=P2011N5259.
Todo lo malo trae algo bueno, dicen. No sé si es así siempre, pero lo cierto es que muchas veces una situación negativa sirve para despertar, reaccionar y crecer. Esta crisis que ya lleva tres años ha generado una reacción en parte de la sociedad española. Y como dicen ellos, enhorabuena. Es tiempo de que los seres humanos se despierten y se pongan por encima de las corporaciones. No hay nada más importante que la vida y el bienestar de los seres humanos. Ninguna corporación ni grupo de elite debe beneficiarse en detrimento de otros seres humanos. Es hora de indignarse y hacer algo para cambiarlo. No se logrará de un día para el otro, claro. Lo bueno es que cada vez más gente es consciente de que este sistema dominado por los bancos no da para más y que hay que cambiarlo. Los indignados de España y otras partes de Europa dan fe de ello. Es hora de imitarlos y empezar a pensar en un mundo diferente, con lugar y recursos para todos y no sólo en manos de un grupo de poderosos que maneja todo a su antojo.

