sábado 30 de julio de 2011

El niño pobre que quería ver Cars 2 en Palermo


Hacía mucho que no lo veía. Aparece y desaparece sin una razón evidente. Lo cierto es que de tanto en tanto irrumpe en el coqueto ambiente del enorme complejo de salas de cine ubicado en Palermo, perteneciente a una de las firmas de origen estadounidense más importantes del país. En plenas vacaciones de invierno, con el lobby plagado de movimiento, el pequeño saltamontes apareció delante de mi caja con su enorme melena de pelo lacio y sus cachetes sucios y mofletudos para preguntar con su voz tímida, cuánto tenía que pagar para ver Cars 2. "La que está en 3D sale 34 pesos y la común, 24", le contesté. Con el dato preciso de cuánto tenía que juntar, se fue raudamente a pedir para llegar a la cifra necesitada. Entonces comenzó el show de las diferencias y los contrastes.

No es la primera vez que el gurrumín lo hace. No es la primera vez que pide y pide hasta juntar el dinero justo, exacto, para comprar la entrada y ver una película. Inquieto, por momentos invasivo, se acerca a la gente y en voz bajita, pide. No se anda con chiquitas. Muchas veces pide directamente que le compren una entrada. A veces tiene éxito y encuentra almas bondadosas que le regalan el boleto. Pero eso pasa muy de vez en cuando. En general tiene que pedir y pedir, con la contra de que tiene que juntar rápido el dinero antes de que la película empiece.

Como se podrán imaginar, la mayoría no le da nada. Algunos ni siquiera le contestan. Y entonces, el pequeño, que no llega a los 10 años, los toca con la mano y hasta les tironea la ropa para que le den bolilla. Una señora de unos 40 años, bien vestida, muy correcta, educada y amable, no puede disimular su desagrado ante el contacto con el niño. Aunque tal vez pensara otra cosa, su cara expresaba algo así como "qué asco este chico, feo y sucio, que me está molestando. Salí de acá", al tiempo que su cuerpo se contorsionaba para evitar todo tipo de contacto con el intruso.

Los minutos pasaban y Cars ya estaba por empezar. Él seguía pidiendo. Parecía haber encontrado a un cliente dispuesto a comprarle la entrada. En eso andaba cuando lo interpeló el guardia de seguridad, que hace poco está en el complejo y por lo tanto no lo conocía. Le preguntó si estaba con alguien y con eso solo le tiró abajo la entrada que estaba por conseguir, ya que dio a entender que no se podía quedar si estaba solo. Sin embargo, el pequeño insistió y ya con el dinero, me vino a comprar la entrada. Luego de consultar a las autoridades, me dieron el okey para que le vendiera la entrada. Fue un lapso de un minuto que lo tuvo en vilo. Con los ojos cargados de ilusión, esperaba el veredicto final. Con 11 billetes de 2 y dos monedas de un peso, me pagó los 24 mangos. Entrada en mano, se fue presuroso y feliz rumbo al primer piso a ver Cars 2, a sala llena. Apenas habían quedado dos entradas sin vender. Al fin de cuentas, este mundo capitalista no es tan terrible. A veces, tampoco van a ir tan seguido, hasta los niños pobres pueden ir a los cines de los ricos.