jueves 23 de septiembre de 2010

Pedro Alejandro Sandoval, testimonio de un nieto recuperado

Hablemos de los 70

En la escuela, Historia no suele ser dada de una manera didáctica y entretenida. En realidad casi ninguna materia resulta interesante, a menos que a uno le toque un profesor piola, que sepa encarar los contenidos de una manera que resulten atractivos. Pero con Historia esa tendencia se profundiza ya que consiste en hablar de hechos que ocurrieron hace muchos años y que muchas veces son difíciles de comprender. El asunto se complica si además, en lugar de explicar los hechos para tratar de entenderlos se le pide al estudiante que aprenda de memoria nombres y datos sin darle un contexto que les dé sentido. Es una lástima, ya que la Historia es un tema apasionante que sirve para entender la evolución del mundo, para explicar como se fueron desarrollando los acontecimientos hasta llegar al presente.

Desde siempre, los sectores vinculados a la última Dictadura han tratado de tergiversar y ocultar los hechos acaecidos entre 1976 y 1983. Es lógico: todos los sectores vinculados a aquel trágico proceso, desde los empresarios, pasando por los periodistas y los militares implicados, intentarán que la búsqueda de la verdad sobre lo ocurrido en aquellos años queden sepultados por el olvido. Lo raro es que en los últimos días, dos voces supuestamente progresistas como las de Martín Caparros y Jorge Lanata se hayan expresado cansados, hartos, de escuchar hablar de la Dictadura. Decir eso es lo mismo que decir que no quieren justicia, ni verdad. Allá ellos.

En ese contexto, el martes estuvo en el programa Seis, siete, ocho, Pedro Alejandro Sandoval, un joven de 32 años, hijo de desaparecidos, quien fuera apropiado por el comandante de gendarmería Víctor Enrique Rei. Luego del informe sobre la restitución del nieto 102, Sandoval dio cuenta de su historia, una historia de mentiras y perversión de la que pudo salir gracias al trabajo de Abuelas de Plaza de Mayo.

Sandoval nació en diciembre de 1977 en Campo de Mayo. Allí estaba secuestrada Liliana Fontana, su mamá, que había sido detenida el 1 de julio junto al padre de Alejandro, Pedro Fabián Sandoval. En abril de 1978, Alejandro fue apropiado por Rei y su mujer, con quienes vivió hasta el 7 de agosto de 2006, día en que conoció a su familia biológica, no sin antes haber sufrido el traumático proceso de descubrir su verdadera identidad, ya que durante gran parte de su vida pensó que era una persona como cualquier otra y que era hijo de Rei, pues nunca su apropiador le había dicho otra cosa. Hasta que en 2004 Rei es detenido y le confiesa a Alejandro que es hijo de desaparecidos.

Al iniciarse el proceso judicial para determinar si Sandoval era o no hijo de desaparecidos, éste se niega a dar muestras voluntarias de ADN, por lo que deben retirarle muestras compulsivamente, para lo cuál hacen un allanamiento. Increíblemente, Rei se entera 48 horas antes de que se realizara el operativo y le ordena a Sandoval que entregue muestras contaminadas. Como estaba previsto, se produce el allanamiento y Sandoval entrega un cepillo de dientes, un peine y una toalla que habían sido contaminados con restos de su perro. Además le pidieron unas sábanas, pero en lugar de las usadas, el jefe policial le dijo que le entregue unas sábanas del placard, limpias. Es el mismo comisario, Carlos Antonio Garaventa, que participó del operativo en el caso Noble Herrera, hecho en el que también, vaya coincidencia, las muestras estaban contaminadas.

Luego de un nuevo allanamiento más riguroso, nuevas pruebas revelaron que Alejandro es hijo de desaparecidos. La verdad sobre su identidad le costó a Alejandro la indiferencia de sus amigos, jóvenes de clase media acomodada de la zona de Hurlingham. Tras asimilar la verdad sobre su vida, Alejandro descubrió a su verdadera familia, se encontró con ella y también consigo mismo, con su identidad real.

A pesar de lo que algunos dicen, la Dictadura y sus crímenes no forman parte sólo del pasado. Son parte también del presente, ya que cada niño robado es un crimen que se sigue perpetrando, lo mismo que cada desaparecido del que no se sabe su destino. El testimonio de Sandoval es más que esclarecedor en ese sentido. Por suerte, él no está harto de hablar de los 70. Vale la pena ver y escuchar su testimonio para entender un poco más de qué se habla cuando se habla de la última Dictadura, ésa que, por ejemplo, se asoció con Clarín y La Nación para quedarse con Papel Prensa.




jueves 16 de septiembre de 2010

Lápices con punta filosa

El 16 de septiembre de 1976 se gestó un episodio que luego se conoció como La noche de los lápices. Aquella terrible noche, grupos de tareas del Batallón 601 del ejército y fuerzas policiales lideradas por el comisario Ramón Camps secuestraron a un grupo de estudiantes secundarios de la ciudad de La Plata. Los secuestros de adolescentes continuaron en los días subsiguientes, hasta el 21 de septiembre. En total, en esos cinco días las Fuerzas Armadas se llevaron a 10 jóvenes que habían liderado las protestas por un boleto estudiantil y que militaban en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), vinculada a la Juventud Peronista, y la Juventud Guevarista. Ese era el terrible crimen que habían cometido. En efecto, era un crimen imperdonable para los tiempos que corrían. Organizarse y luchar por una mejora social, tener un pensamiento crítico y enfrentarse al poder no era algo permitido en la Argentina de fines de los 70. Eso se pagaba con el secuestro, la tortura, la desaparición y la muerte. Ninguno de estos chicos disparó ningún arma, ninguno puso ninguna bomba.

María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Gustavo Calotti (el único secuestrado antes, el 8 de septiembre), María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Francisco López Muntaner, Patricia Miranda (ella ni siquiera era militante), Emilce Moler, Daniel Racero y Horacio Ungaro fueron raptados en aquel septiembre oscuro. De ellos, Díaz, Calotti, Miranda y Moler sobrevivieron. El resto permanece desaparecido, es decir que se presume que fueron asesinados por los militares y se desconoce el paradero de sus restos. Por ese detalle, no saber qué fue de sus cuerpos, el homenaje de recordarlos cada año cobra más importancia, así como también la lucha para que la información acerca de cuál fue el destino final de cada uno de los desaparecidos salga a la luz. El juicio y castigo para los responsables de aquel genocidio no resiste el menor análisis.

Treinta y cuatro años después de aquella canallada, otra generación de jóvenes se organizó para pedir por sus derechos y mejorar las condiciones en las que tienen que estudiar. Con los colegios porteños cayéndose a pedazos por la ineficiencia y la desidia del Gobierno de la Ciudad presidido por Mauricio Macri, los estudiantes dijeron basta. Hartos de estudiar sin estufas, con los techos y las paredes viniéndose abajo, las escaleras clausuradas y con un montón de escombros tirados por ahí, distintos centros de estudiantes de diferentes colegios se inclinaron por tomar sus respectivas escuelas para protestar por el abandono que el gobierno macrista hizo de la educación pública. Desde el PRO salieron a decir que la protesta era totalmente injustificada y que tenía un trasfondo político. Antes habían pedido a las autoridades de cada uno de los colegios las listas de los estudiantes que propiciaban las tomas para aplicarles sanciones. Un fallo de un juez obligó a la Ciudad a dar marcha atrás con la medida.

La relación entre aquella historia macabra y la protesta actual de los estudiantes secundarios tiene muchos puntos de contacto. Por muchas razones, el reclamo actual está íntimamente ligado a aquella dictadura y a aquellos jóvenes de La noche de los lápices. El Proceso de Reorganización Nacional encabezado por Jorge Rafael Videla utilizó las torturas y la muerte como horrendo instrumento para eliminar a los actores políticos y sociales que luchaban por un modelo de país más igualitario, con distribución de riqueza y un Estado más presente, al servicio de la educación y la salud pública. La dictadura de Videla comenzó un Proceso de Destrucción Nacional que implicó multiplicar la deuda externa, haciendo pública la deuda de empresas privadas, por ejemplo las pertenecientes a Franco Macri, padre de Mauricio. Los militares destruyeron la economía, la producción y sembraron en la sociedad el miedo y el autismo. "No te metas, por algo será".

Esa dictadura nefasta se fue pero sus huellas quedaron por las décadas que sobrevinieron. Se intentó revisar lo actuado por los militares y algo se logró con el juicio a las Juntas. Sin embargo, mucho más no se pudo avanzar ya que los "carapintada" se alzaron y Raúl Alfonsín decidió pactar con los militares al sancionar las leyes de Obediencia debida y Punto final. Luego vino Menem y sus indultos, como si aquí no hubiera ocurrido nada. El mismo riojano se encargó de profundizar la política de exclusión y extranjerización comenzada por Videla y José Alfredo Martínez de Hoz, su ministro de economía. Obviamente, en los 90 la educación pública siguió empeorando.

Los chicos que hoy protestan lo hacen por culpa de los militares y de Menem, además de Macri, de idéntica ideología política y económica a la de la dictadura y el menemismo. Por culpa de ellos porque el abandono de las escuelas y su calamitoso estado no resiste análisis. La situación actual de los colegios es una consecuencia de la política económica y social lanzada por la dictadura y profundizada por Menem. Por otro lado, la protesta actual se puede llevar a cabo porque hace 34 años otro grupo de jóvenes fue blanco de la represión dictatorial. Algunos de esos jóvenes murieron, como otros tantos miles de argentinos y ciudadanos de otros países. Esas muertes le costaron muy caro a los militares. Por más que por muchos años la dictadura haya dejado una huella nefasta, con consecuencias que sufrimos hasta hoy, todas las muertes que hubo no fueron en vano. Permiten que hoy la gente pueda organizarse y expresarse, sin que a ningún Videla se le ocurra dar un golpe de estado, aunque a muchos sectores de la sociedad les encantaría.

Una de las peores consecuencias que dejó la dictadura fue el alejamiento de la gente de la militancia política. Esa tendencia también fue reforzada por la década del 90 y toda la corrupción que la caracterizó. Hoy la historia está cambiando. Muchas veces se dice que los jóvenes viven de joda, que están en la pavada. Si no son las salidas nocturnas, el alcohol y las drogas, son los video juegos, internet y las redes sociales. Pues bien, a la luz de los últimos acontecimientos, se ve que hay jóvenes con conciencia política, dispuestos a organizarse y salir al escenario para luchar por los derechos que les corresponden. Como aquellos de 1976, son lápices con punta filosa. Bienvenidos sean.


Los testimonios de Gustavo Calotti y Emilce Moler, dos de los sobrevivientes de La noche de los lápices (ver aquí)




La película dirigida por Héctor Olivera


miércoles 8 de septiembre de 2010

Cine - El hombre de al lado

Un vecino muy particular

Víctor (Daniel Aráoz) hizo una reforma en la casa, reforma que le demandó una gran inversión. Para completar el arreglo quiere quiere hacer una ventana en la medianera, para que el sol entre en su casa y todo sea más lindo y luminoso. Leonardo (Rafael Spregelburd) es su vecino y tratará de hacerle entender a Víctor que la ventana es ilegal y debe ser tapada. He aquí el meollo de El hombre de al lado, la segunda película de Marcelo Cohn y Gastón Duprat, un film con sello propio, original, por la trama en sí y también por la forma de filmarlo, con muchos planos cortos, y el escenario donde se hizo, una casa en la ciudad de La Plata, la única construida en América por el famoso arquitecto suizo Le Corbusier, un lugar amplio, con muchas ventanas grandes, rampas para subir y bajar, y una decoración muy moderna, cuidada al detalle.


El conflicto es uno de los pilares de cualquier obra dramática. En este caso, el contrapunto es claro, concreto. Víctor quiere hacer una ventana en la medianera, Leonardo se opone. En ese cruce no sólo chocarán las intenciones y los deseos de cada uno sino también dos formas de ser bien diferentes, dos personalidades totalmente contrapuestas que generarán momentos de mucha riqueza actoral y cinematográfica, con un Daniel Aráoz de lujo, imperdible. El cordobés compone a un personaje complejo, con un personalidad sutilmente manipuladora, además de disparatada y en consecuencia generadora de varios momentos de comicidad. Del otro lado está Leonardo, más tranquilo, exitoso en su trabajo de diseñador, un profesional burgués que disfruta de las comodidades de ser de la clase media burguesa privilegiada.


Entre los dos vecinos, hasta el comienzo del film perfectos desconocidos, se empezará a forjar una relación tan inevitable como absurda y que pondrá sobre el tapete el hecho de que dos personas no logren entenderse a pesar de hablar, y mucho, entre ellos. Algo que sucede en la sociedad entre distintos sectores o mismo dentro de una familia, cuando los intereses son contrapuestos y es muy difícil llegar un entendimiento, sobre todo cuando el egoísmo, la hipocresía y los temores se imponen por sobre la solidaridad, la honestidad y el valor para resolver un problema.


Así estarán Víctor y Leonardo durante casi toda la película, tratando de imponerle al otro su objetivo. A veces con más paciencia y sutileza, otras con más vehemencia y explicitud. Lo harán hasta el final, con un desenlace inesperado, impactante, polémico. Contradictorio en cuanto a los hechos, las actitudes de los protagonistas y sus consecuencias.


Con una historia simple, Cohn y Duprat proponen una película entretenida, llena de matices, bien contada, bien filmada y apoyada en dos grandes actuaciones, para así conformar una obra que hace reir, por momentos incomoda y también genera disparadores sobre las relaciones humanas, los conflictos, los límites para resolverlos y también para conseguir lo que uno quiere.

Scola do samba: Argentina 93 Brasil 89


A pesar de su altura, el hombre es de perfil bajo, sencillo, de poca exposición mediática. Habla tranquilo, si es que habla. Lo suyo no es la palabra sino la acción. El básquet es su vida desde siempre y adentro del rectángulo es donde Luis Scola se expresa de la mejor manera, con fintas, asistencias y dobles, muchos dobles, para quemar la redes y liderar a Argentina a la victoria sobre Brasil por 93 a 89 por los octavos de final del Mundial de básquet que se disputa en Turquía. El jugador de los Houston Rockets tuvo una actuación extraoridnaria, descollante, sublime. Jugó 39 minutos en los que aportó 37 puntos (13/19 en dobles, 1/1 en triples, 8/9 en libres), 9 rebotes y 3 asistencias. Además, Scola fue determiante en defensa para detener las embestidas de Splitter, Guilherme y Anderson.

A los fríos números hay que agregarles los detalles. Luis aportó 12 puntos en el determinante y último cuarto, donde se definió un partido tan cerrado como parejo y cambiante. Ese último parcial comenzó empatado en 66 y se inclinó a favor de Argentina en el último tramo, donde Scola apareció en todo su esplendor, anotó 10 puntos en los últimos tres minutos, para liquidar a un rival durísimo, que cayó luchando hasta el final, con el argentino Rubén Magnano en el banco. Sí, aquel que dirigió a Argentina en la mayor gesta de este deporte, la medalla de oro de Atenas 2004.

Con los 39 tantos que convirtió ante Brasil, Scola se convirtió en el máximo anotador argentino en un partido, desplazando a Alberto Desimone, que en 1963 había convertido 35. Además, el ex jugador de Ferro es hasta aquí el máximo goleador del Mundial con un promedio de 30,3 puntos. Ante Brasil convirtió desde cerca y desde lejos, sacándose gente de encima y también tirando ni bien recibía la pelota. Embocó desde todos los ángulos y todos los perfiles. Fue un verdadero placer verlo jugar en semejante nivel.

Además del inestimable aporte de Scola, Argentina se apoyó en los 20 puntos de Carlos Delfino (2/5 en dobles, 4/7 en triples, 4/4 en libres), los 15 tantos de Hernán Jasen (3/5 en dobles, 3/6 en triples) y las 8 asistencias de Pablo Prigioni. A pesar del poco tiempo que jugó (8'), Luis Gutiérrez también tuvo un aporte importante con dos triples, uno de ellos en el último cuarto.

Todo eso en cuanto a los números. Además hay que agregar la entrega y la garra puestas por un equipo que se recibió de tal en este cruce ante Brasil, instancia en la que se fortaleció anímicamente al superar una prueba durísima. El equipo mostró todo su carácter cuando hubo que defender la exigua ventaja sobre el final del partido y aprobó un exámen que lo potencia de cara a lo que se viene. La próxima cita será el jueves a las 15 (hora argentina) frente a Lituania, que derrotó a China por 78 a 67. A pesar de las ausencias de Emanuel Ginóbili y Andrés Nocioni, el primero por propia decisión, el segundo por lesión, Argentina tiene con qué seguir haciendo historia en el deporte de la pelota naranja. Ojalá siga haciendo Scola.