jueves 29 de julio de 2010

Toy Story 3, la lucha por sobrevivir

En el marco de una historia fantástica, que en principio es para los chicos, Toy Story 3 nos propone un intenso viaje, con muchas emociones, donde muchas de las cosas que nos suceden en la vida les pasan a los juguetes que protagonizan la historia. Andy, el dueño de los muñecos, creció y se está por ir de la casa, rumbo a la universidad. En medio de los preparativos, el joven tiene que decidir qué se lleva con él al campus (como se estila en EE.UU.), qué deja en el altillo de su casa y qué tira a la basura. Entonces comienzan las peripecias de los juguetes, que ya desde el comienzo están preocupados porque hace tiempo que están abandonados en un baúl, sin que nadie juegue con ellos. Ya no saben qué hacer para que les vuelvan a prestar atención.

Aquel niño que disfrutó de ellos ya no existe más. Andy va camino a la adultez. La vida pasa, no hay remedio para eso. Entonces, los juguetes se encuentran con que ya no son importantes para la persona que les dio sentido a sus vidas. Así comienzan sus peripecias. Por error, terminan en una guardería, donde se encuentran con otros juguetes, que los someten, los encierran y no los dejan volver a la casa a la cuál pertenecen. Aparecen entonces la falsedad, la envidia y el egoísmo de un lado, y la solidaridad, el compañerismo, la rebeldía y el valor para cambiar el destino, del otro.

Con muchos momentos hilarantes y otros tantos emotivos, Toy Story 3 hace vibrar a chicos y grandes. A los primeros porque la calidad de los dibujos y la gracia de los muñecos los transporta a un mundo de fantasía que los fascina. A los grandes porque los devuelve a momentos de antaño, cuando eran más libres y felices. También porque la delirante y genial idea de que los juguetes tiene vida es irresistible. Y además, porque para aquellos que lo pueden captar, la película deja un mensaje para rescatar. Los muñecos viven una situación difícil, límite, con muchos obstáculos, simil a cuando uno se queda sin trabajo o cuando un amor se termina, o cuando tiene que irse a vivir a un lugar lejano. Sin embargo, nunca bajan los brazos, luchan por lo que quieren y aunque la realidad, muy a su pesar, les marca que los que ellos desean es imposible, también les da una nueva oportunidad, en otro ámbito, con nuevos compañeros. Todo es cuestión de seguir buscando y no bajar los brazos. Así, las ausencias y el dolor de ya no ser se alivian y se reconvierten con nuevas compañías y nuevos desafíos. Eso es Toy Story 3, además de mucha, pero mucha diversión y ternura.

sábado 17 de julio de 2010

La rareza del ser humano: igualdad de derechos versus absolutismo despótico

El planeta Tierra alberga infinidad de seres extraños. La mayoría de nosotros, los humanos, vivimos en ciudades, donde los seres que predominan somos, justamente, nosotros mismos. Se pueden ver algunos perros, algunos gatos, palomas, pajaritos y poco más. Puertas adentro hay quien tiene canarios, tortugas, hamsters y algún otro espécimen. En las selvas, montañas, mares y demás ecosistemas abundan animales de amplia diversidad, realmente asombrosos por sus complejidades, desde las ardillas hasta las jirafas, pasando por los leones, las ballenas y todos los que a usted se le puedan ocurrir. Todos ellos son especiales, sorprendentes. Algunos son más interesantes, otros menos, pero todos son seres vivos y desde ese momento ya son algo misterioso porque encarnan ese enigma indescifrable que es la vida. Sin embargo, ninguno de ellos es como el ser humano, el más increíble de los animales.

Desde hace tiempo, mucho para lo que es la vida de una persona, poco para la historia de la Tierra, el ser humano es el que rige el planeta. Tanto lo rige que lo está destruyendo. Consume, consume y consume y así va aniquilando flora y fauna por doquier. Cada vez hay menos bosques, cada vez hay más contaminación, el calentamiento global avanza, los desastres naturales se multiplican, muchas especies de animales están en peligro de extinción. El capitalismo voraz, ese sistema al que estamos sometidos y que todavía, a pesar de todo, nos quieren hacer creer que es la mejor forma de vivir, sigue arremetiendo contra el planeta, agotando sus recursos no renovables y contaminando los sustentables. La maquinaria está en marcha y parece imposible detenerla.

La lógica perversa en la que vivimos no sólo agrede al planeta, también afecta directamente al ser humano. Funcionamos de manera alienada, sin reflexión, sin darnos cuenta de qué es lo que realmente importa y nos afecta. Nos maltratamos, como si estuviéramos luchando contra una plaga, un virus o algo similar y en realidad estamos atentando contra nosotros mismos. A esta altura, en el año 2010, el ser humano sigue sorprendiendo con actitudes retrógradas, propias de seres inseguros, temerosos, posesivos. El debate por el matrimonio igualitario desnudó a la sociedad argentina y volvió a mostrar lo complejo que es el ser humano.

En el contexto de esa discusión, la Iglesia Católica volvió a superarse a sí misma. Coherente con su forma de pensar a lo largo de la historia, salió con los tapones de punta, cuál De Jong contra Xabi Alonso, contra el matrimonio igualitario, con el cardenal Bergoglio como máxima voz, argumentando que ésta era una guerra entre Dios y el Diablo. Desde la máxima autoridad episcopal bajó ese mensaje, el cuál fue repetido por sus discípulos en las escuelas religiosas. Desde allí se convocó a la manifestación del martes, que juntó a más de 50.000 personas en la Plaza de los Dos Congresos, desbordando incluso las calles aledañas. No al matrimonio gay porque todos tenemos derecho a tener mamá y papá, porque una pareja gay no es igual a una heterosexual. Así que, si se quieren casar tienen el proyecto de Unión Civil, así no se mezclan los tantos, vio. Ellos, los homosexuales, que anden por un lado, nosotros, los heterosexuales, vamos por el nuestro, el de siempre, el puro, inmaculado.

Cada uno tiene derecho y puede pensar lo que quiera, sea lo que sea. También tiene derecho a expresar ese pensamiento, así sea discriminatorio. En todo caso enfrentará las consecuencias de sus manifestaciones. El tema se empieza a complicar cuando además de pensar de una determinada manera, un sector de la sociedad le quiere imponer al resto la manera en que tiene que vivir, que amar, que sentir, que desarrollarse. Cuando no tolera las diferencias y no permite que el otro sea lo que quiera ser. De manera autoritaria intentaron impedir que un grupo minoritario de gente mejore sus derechos y sus posibilidades de vivir mejor. Eso es lo llamativo. La nueva ley de matrimonio igualitario no afecta en nada la vida de los católicos, ni de los heterosexuales laicos. Nada cambiará para ellos. La sanción o no de la nueva ley cambiaba las perspectivas de los gays, que ahora podrán elegir si se casan o no, y así organizar mejor sus vidas. Sin embargo, un buen número de gente se opuso, espantada, a que otras personas tuvieran mejores posibilidades de vivir. La sorpresa de semejante militancia en contra de la igualdad de derechos se potencia cuando los mismos sectores nada dicen de los curas pedófilos ni de los que apoyaron a los militares genocidas, entre otras barbaridades de hoy y de ayer. Son los mismos que se oponían al divorcio, porque también iba a destruir a la familia. Si uno tiene una pareja, se casa y forma una familia, ésta debe durar para toda la vida, así padre y madre ya no se quieran, ya no puedan siquiera mantener una conversación porque terminan siempre a los gritos. Tienen que seguir juntos, hasta el final, jódanse. Divorciarse era (o es) un pecado. Dios así lo manifestó. Sin embargo, apelando al sentido común, y también al de supervivencia, la gente comenzó a separarse, cada vez más, aunque siguiera casada. Entonces, después de los hechos, después de la realidad, a mediados de los años 80 salió ley de Divorcio, para darle un marco legal a una práctica ya existente, práctica que afectaba la vida de los que necesitaban separarse y que no afectaba en nada la vida de los que querían seguir casados ni tampoco de los curas, seres con demasiado poder y responsabilidad, pero sin experiencia en lo que respecta a elegir una pareja y formar una familia.

Así como en el caso del divorcio, la ley de Matrimonio igualitario también llega para actualizar una situación que ya está dada en la realidad. Hace rato que las parejas de homosexuales conviven y hace rato también que adoptan chicos. Hasta ahora, lo hacía uno de los dos integrantes, ya que como pareja no podían hacerlo por no tener ningún vínculo legal. A partir de ahora, al poder casarse y ser tener una relación formal, podrán adoptar de a dos y así darle mayor seguridad jurídica al grupo familiar para que, por ejemplo, en caso de que le pase algo a uno de los dos integrantes de la pareja, el otro tenga la potestad de seguir cuidando al chico. Las leyes son una forma de organizarse socialmente y su concepción tiene como objetivo, o por lo menos así debería ser, mejorar la vida de los ciudadanos, que conforme pasan los años van cambiando sus costumbres y sus conductas y en consecuencia muchas veces necesitan cambiar las leyes para generar un marco legal que respalde lo que pasa en la realidad. También se puede sancionar una ley para interrumpir una situación injusta o abusiva contra un sector de la sociedad.

De hecho, el amor poco tiene que ver con una ley o con un contrato. Si dos personas se aman, ya sean gays o heterosexuales, no necesitan ninguna ley para hacerlo. Lo que tal vez necesiten sea contraer matrimonio, es decir, firmar un contrato que los liga civilmente y que determina una serie de cuestiones para que en caso de que se termine el amor tengan un marco legal donde puedan dirimir sus diferencias. Lo mismo si alguno de los dos llegara a morir, el otro tendrá derecho a quedarse con los bienes que les pertenezcan. Esto nada tiene que ver con un sentimiento sino que está ligado a lo organizativo. De esto se trata la nueva ley de matrimonio igualitario, de que todos tengan la posibilidad de darle un marco legal a su situación afectiva. A esto es a lo que se opuso la Iglesia y buena parte de la sociedad, sin más argumentos que la palabra de Dios, además de una evidente avidez de control obsesivo sobre la vida de los demás y una notoria dificultad para ampliar sus mentes y sus estructuras de pensamiento.

La ley finalmente se aprobó. Más gente tiene más derechos. La vida de aquellos que se opusieron, de los senadores y diputados que se opusieron y expresaron insólitos discursos, de la Iglesia y de la gente que llenó la plaza el martes, seguirá siendo igual. Nada cambiará para ellos. Seguirán creyendo en Dios, en los pecados y en un solo modelo de familia. Los homosexuales, en cambio, podrán acceder a casarse y darle a sus vidas un marco diferente, con otras posibilidades. Son dos caras de un mismo ser, un ser que ya sea católico, judío o ateo, heterosexual o gay, no es bueno ni malo, ni mejor ni peor; un ser que a lo largo de toda la historia ha sorprendido por sus grandes logros y también por sus grandes miserias, ése que se espanta ante la homosexualidad pero no dice nada de la pedofilia. El mismo ser que, aunque usted no lo crea, el miércoles a la noche aprobó la ley. Es, ni más ni menos, que la rareza del ser humano, probablemente el más complejo de todos los seres vivos hasta ahora conocidos.