En una carta plena de ironía, juego de palabras y mucha astucia discursiva, Sergio Burstein, integrante de Familiares y Amigos de las Víctimas del Atentado a la AMIA víctima de las escuchas ilegales perpetuadas desde el Gobierno de la Ciudad, le contestó a Mauricio Macri, quien la semana pasada fue procesado por el juez Norberto Oyarbide y disparó contra Burstein diciendo que es un mentiroso y que el hecho de que su ex mujer haya muerto en el atentado a la AMIA no le da derecho para hacer cualquier cosa. La carta de Burstein se titula "Pobres tipos" y dice así:
"Algunos tipos, creen que por el tipo de crianza que tuvieron, son tipos distintos. Esa mentada tipología, los hace tipos especiales, con beneficios diferentes, en fin, a estos tipos, un tipo como yo, los definiría como el tipo-Mauricio.
Así, cualquier ciudadano (tipo) que no integre ese club de tipos especiales, cuando lo cita la Justicia, tiene que ir a dar explicaciones, sobre los hechos por los cuales es citado. En cambio, el tipo-Mauricio, cuando va a la justicia, cree, considera, que es la Justicia, la que debe darle explicaciones y si no, la Justicia no sirve.
Para el tipo-Mauricio, yo no soy más que un tipo. También son tipos, malos tipos, todos aquellos que no piensan como él, y por ello los descalifica. Tampoco alude a otros tipos, los integrantes de la Sala Primera de la Cámara Federal, que opinaron que no hay nada armado contra el tipo-Mauricio y hasta la fecha, nada han dicho en relación al falaz alegato de “causa armada”. Vaya ironía, no han expresado, ningún tipo de objeción. Es más, hasta rechazaron la existencia de causales de recusación al juzgador del tipo-Mauricio.
Ahora bien, hay otros tipos, que sugestivamente, el tipo-Mauricio no alude. Por ejemplo el Fiscal Nisman, que pidió y logró el procesamiento del querido amigo del tipo-Mauricio, el “Fino” Palacios, en otro tipo de causa, donde se investiga el encubrimiento de la masacre de 85 seres humanos.
Para el tipo-Mauricio, un tipo como yo, exagera el tema de esas muertes, porque una de las víctimas fue mi “ex mujer“, para este tipo de tipos, es apenas un detalle, que mi ex mujer Rita, sea la eterna madre de mis hijos Mariano y Romina.
Son solo cuestiones de tipo menor para el tipo-Mauricio. Sería bueno entonces, que el tipo-Mauricio, agote todas las instancias judiciales que les parezca, y paralelamente respete las instituciones, más allá que le den, o no, la razón. Por mi parte, yo también seguiré el derrotero de la Justicia, con las convicciones de un tipo que trabaja, de un tipo que nunca hizo negocios con el Estado, de un tipo que milita y militará de por vida, a no dudarlo, día tras día, para que aparezcan los culpables del atentado contra la AMIA.
Quizás los tipo-Mauricio, se consideren de una raza superior, tocados por una varita. Desde antaño, los tipos como yo, es decir la amplia mayoría de los tipos, definimos a los tipo-Mauricio, a pesar de sus millones, como pobres tipos".
En las últimas semanas hubo mucho agite mediático con respecto a la libertad de expresión y la hostilidad sobre cierto sector de la prensa. Afiches aparecidos en la vía pública y el acto realizado en Plaza de Mayo convocado por Hebe de Bonafini para debatir sobre el comportamiento de algunos medios y algunos periodistas durante la última dictadura, desataron las quejas y victimazación de un vasto grupo de periodistas que fue al Congreso a quejarse, escandalizados por aquellos sucesos. Joaquín Morales Solállegó a decir: "No nos van a callar, aún si esta saga tiene que terminar con un muerto, si es que el Gobierno así lo decide". Ante tanto pataleo y exageración, al punto de hablar de que se vive bajo el régimen de una dictadura, dictadura un tanto particular, ya que es raro ver una dictadura donde tanta gente diga tantas cosas, donde los pobres periodistas agredidos van al Congreso, hablan todo lo que quieren y se expresan libremente, como debe ser en democracia y como es imposible que suceda en una dictadura. Ante este panorama, Eduardo Aliverti tomó la pluma y en su columna de Página 12 de hoy descargó munición gruesa para poner blanco sobre negro y aclarar un poco una situación llevada a la confusión por lo conservadores de siempre que se ven amenazados, más por quedar expuestas sus miserias profesionales que por los riesgos reales de que algo grave les pueda llegar a pasar. Con ustedes, la nota de Aliverti, que además ganó el MArtín Fierro al mejor programa periodístico semanal de radio (ver video al final de la nota).
Un poco más de respeto
Sí, habría que tener un poco más de respeto por las palabras. Por algunas de ellas, mejor dicho. Y mejor todavía, por lo que connotan.
Estamos en democracia, para empezar por una perogrullada que, sin embargo, alguna gente parece perder de vista con extrema facilidad. Buena, mala, perfeccionada, empeorada, carente de demasiados derechos básicos, avanzando en otros. Pero estamos en democracia. Si en lugar de eso se prefiere hablar de “el régimen”, “sistema burgués”, “fantochada institucionalista”, “partidocracia”, “monarquía constitucional” u otros términos de vitupero, es legítimo pero hay que buscarle la vuelta a que se los puede vociferar sin problemas. Nadie va preso (apenas la segunda recordación primaria, ya apuntada por algunos colegas, y uno comienza a cansarse). También es atendible que esa prerrogativa, la libre expresión, no alcanza para vivir como se debería. Lo semantizó Anatole France: “Todos los pobres tienen derecho a morirse de hambre bajo los puentes de París”. Expresarse en libertad puede entonces no tener resultados prácticos, para quienes no comen ni se curan ni se educan con el decir lo que se quiera. Si además se afina la puntería para meterse con la libertad de prensa, por aquello de que todo ciudadano tiene derecho a publicar sus ideas sin censura previa, resulta que hay que contar con la prensa propia. Y en consecuencia pasamos a hablar de la propiedad de los medios de producción. Lo cual es igualmente legítimo, desde ya, pero con el riesgo de que se convierta en teoricismo si acaso no es cotejable con la época y circunstancias que se viven. Veámoslo a través del absurdo: si siempre es igual, democracia y dictadura también son iguales. En este punto el cansancio por las obviedades se incrementa. Y uno se pregunta si no se lo preguntan quienes sí viven de poder expresarse libremente por la prensa, pero para referirse al momento argentino como si continuáramos en plena dictadura.
Mataron a mucha gente acá. Picanearon, violaron, nos mandaron a una guerra inconcebible, robaron bebés, desaparecieron a miles, tiraron cadáveres al mar y adormecidos también, electrificaron embarazadas, regaron el país de campos de concentración, torturaron padres delante de los hijos. Se chuparon a más de cien periodistas acá. Si hasta parece una boludez recordar que estaban prohibidos Serrat y la negra Sosa, que las tres Fuerzas se repartieron las radios y los canales, que inhibieron textos sobre la cuba electrolítica, que en el ‘78 estaba vedado por memorándum criticar el estilo de juego de la Selección Argentina de fútbol. ¿Nos pasó todo eso y por unos afiches de mierda y una escenografía de juicio vienen a decirnos que esto es una dictadura? ¿Pero qué carajo les pasa? ¿Dónde están viviendo? ¿Cómo puede faltársele así el respeto a la tragedia más grande de la Argentina? Acá lo cepillaron a Rodolfo Walsh, ¿y hay el tupé de ir a llorar miedo al Congreso? Faltaría ir al Arzobispado. Si bendijo a los milicos, seguro que también puede dar una mano ahora que se viene el fin del mundo con el matrimonio gay.
Uno entiende que pasaron algunas cosas, nada más que algunas por más significativas que fueren, capaces de suscitar que sea muy complejo trabajar de periodista en los medios del poder. Lo de las jubilaciones estatizadas, lo de la mano en el bolsillo del “campo”, lo de la ley de medios audiovisuales y la afectación del negociado del fútbol de Primera. Ahora bien, ¿la contradicción aumentada entre cómo se piensa y dónde se trabaja justifica las sobreactuaciones? Es decir: puede pensarse que en verdad algunos dicen lo que pensaron toda la vida, y que otros quedaron presos de la dinámica furiosa de la patronal. Pero, ¿decir que estamos o vamos hacia una dictadura? ¿Que si esto sigue así puede haber un muerto? ¿Hace falta construir ese delirio para congraciarse? En todo el país, si es cuestión de propiedad mediática y de programas y prensa influyentes, bastan y casi sobran los dedos de ambas manos para contar los espacios que –con mayor o menor pensamiento crítico– apoyan al Gobierno. La mayoría aplastante de lo que se ve, lee y escucha es un coro de puteadas contra el oficialismo como nunca jamás se vio. La oposición es publicada y emitida en cadena, a toda hora. ¿Qué clase de dictadura es ésa? Ese libre albedrío, muy lejos de ser mérito adjudicable al kirchnerismo, ocurrió igualmente con Alfonsín, la rata, De la Rúa, Duhalde. Lo que no había sucedido es esta cuasi unanimidad confrontadora salvo por los últimos tiempos del líder radical, a quien por derecha se le cuestionaban sus vacilaciones y por izquierda también. Contra Menem recién cargaron en su segundo lustro, después de que completó el trabajo. La Alianza se caía por su propio peso. Con el Padrino pegar era gratis, porque el país ya había estallado. Pero en el actual, que después de todo es simplemente un gobierno más decidido que el resto en cierta intervención del Estado contra el mercado y en el perjuicio a símbolos muy preciados de la clase dominante, ¿qué tan de jodido pasa como para hablar de una dictadura? ¿Será que basta con tocar unos intereses para edificar en el llano la idea de que pueden empezar a matar? ¿Los Kirchner son Videla, Massera, Suárez Mason? Por favor, tienen que aclararlo porque de lo contrario hay uno de dos problemas. O se lo creen en serio y, por tanto, se toma nota de que desvarían. O saben que es una falsedad sobre la que se montan para condolerse y entonces se anota que está bien. Que no se justifica pero se entiende. Que quedaron tras las rejas de los medios en que laboran. Ojalá sea lo segundo, por aquello de que un tonto es más peligroso que un mal bicho.
Se cometieron varias estupideces en forma reciente. Se le dio mucho pasto a la manada, se perpetraron injusticias con colegas que no se lo merecen, se agredió a los que precisamente buscan victimizarse. Eso no es hacer política. Es jugar a la política. La diferencia entre una cosa y la otra es que cuando se ejecuta lo primero es bien medida la correlación de fuerzas. A quiénes se beneficia, cuánto se puede tensar la cuerda en la dialéctica entre condiciones objetivas y subjetivas; cómo no sufrir un boomerang, en definitiva, y si se produce cuánto de fuerte son las espaldas para sortearlo. En cambio, si se juega a la política todo eso es lo que importa un pito antes que nada, con el agravante de que las consecuencias las paga un arco mucho más amplio que el de quienes formularon la chiquilinada.
De ahí a que se tomen de esos yerros para hablar de peligro de muertos, de sensación de asfixia dictatorial, de avanzada totalitaria, media una distancia cuya enormidad causa vergüenza ajena de apenas pensarla. No es algo que no pudiera preverse. Como lo dijo allá por los ’80 César Jaroslavsky, otro sabio sólo que de comité pero muy ducho en transas y arremetidas: te atacan como partido político, y se defienden con la libertad de prensa.
Se sabe que es así. Pero igual uno ya está harto de los hartos que se hartaron ahora.
Nací en Lanús, Provincia de Buenos Aires, Argentina, el 17 de enero de 1981. Estudié Ciencias de la Comunicación en la UBA y en Lindenwood University, Missouri, EE.UU. Recibí el diploma de periodista deportivo en Deportea en diciembre de 2004. Trabajé en Clarín entre abril de 2004 y septiembre de 2005, y soy productor de ESPN+ desde noviembre de 2005.