domingo 31 de mayo de 2009

Los Piojos dijeron adiós



Nadie sabe cómo seguirá esta historia, ni siquiera ellos lo tienen del todo claro. Después de 20 años, Los Piojos dijeron basta, se retiran hasta nuevo aviso. Tal vez vuelvan, tal vez, no. Decidieron parar y está bien, es una decisión meditada, pensada. Lo hicieron en un gran momento, luego de publicar un disco, Civilización, de gran calidad artística y musical, que cautivó al público de siempre pero también a los extraños, a los que no son fanáticos, sino que disfrutan de sus letras y sus temas con un poco más de calma y distancia.

Con un ritual, así denomina la tribu piojosa a los recitales de la banda, largo y emotivo, en el que repasaron una gran cantidad de temas de su amplio y diverso repertorio, Los Piojos se despidieron ayer de su público en un estadio de River colmado por más de 60 mil seguidores que disfrutaron y se emocionaron a más no poder. El frío y la lluvia que azotaron Buenos Aires sólo fueron un condimento más, un elemento que hizo más épica una noche que de por sí iba a ser distinta, inolvidable.

Personalmente, no soy fanático de Los Piojos, aunque debo confesar mi admiración y mi gusto por la música y también por el estilo de la banda, siempre cuidado, lejos de los escándalos, las declaraciones rimbombantes y la exposición mediática. Construyeron su prestigio a base de esfuerzo, con perfil bajo, buenas canciones y mejores recitales, siempre en paz, siempre de fiesta.

El año pasado me encontró de viaje por España. Casualidades de la vida, mi presencia en la bella Galicia coincidió con la gira de la banda por la península ibérica. En la mítica Santiago de Compostela, Los Piojos dieron uno de los shows que fue parte de un largo periplo que incluyó Bilbao, Barcelona, Madrid y Valencia. En la sala Capitol, un pequeño teatro devenido en local para recitales, Los Piojos dieron un ritual casi íntimo, para poco más de 1.000 personas. La foto y el video de este post pertenecen a aquel recital, pequeño y no muy extenso ya que no llegó a las dos horas. Sin embargo, el clima íntimo, en una ciudad mística, lejos de casa y con un millar de piojosos embebidos por la emoción de disfrutar de una de las mejores bandas de la historia del rock argentino, me dejaron una sensación hermosa, difícil de describir e imposible de olvidar.

Los Piojos se fueron, nadie sabe si volverán. Ellos no pueden afirmar ni lo uno ni lo otro. No pueden decir nos vamos para siempre porque saben que la posibilidad de volver va a estar latente. Y tampoco pueden prometer un regreso seguro y después no cumplir con su palabra. Lo cierto es que dijeron adiós y que su ausencia se va a sentir en los corazones y las almas de mucha gente, más allá de que sus canciones y sus rituales sigan sonando por siempre en esos mismos corazones y en esas mismas almas.




video

miércoles 13 de mayo de 2009

La llamada misteriosa

El domingo ya se había ido. Después de ver los resúmenes futboleros, me estaba por ir a dormir cuando, a eso de la 1.30 de la mañana, sonó el teléfono. Estaba un poco lejos del aparato así que me apuré un poco para llegar antes del cuarto ring, momento en el que se activa el contestador automático. El horario de la llamada me generó cierta inquietud ya que nadie llama a esa hora a menos que haya una necesidad imperiosa de comunicar algo.


"Hola", dije. Del otro lado se escuchó una voz de hombre, recia, clara y formal. Primero que nada preguntó si hablaba con el número en cuestión. Le respondí que sí y entonces empezó lo inentendible. "Señor, le habla el Oficial Gómez, del SAME (me dijo algunos detalles más, como su nombre y el número de la seccional pero no los recuerdo). Lo llamo porque hubo un siniestro y las dos personas involucradas, han perdido el conocimiento y necesitamos identificarlos lo antes posible. Una de estas personas, antes de desvanecerse, nos dio este número, por eso estamos llamando para ver si usted nos puede ayudar". Así arremetió el "oficial". Yo escuchaba atento, no entendía mucho y no sabía si creerle o no, aunque me inclinaba más por la segunda opción.


"Sí, bueno. ¿Y yo como puedo ayudarlo?", le pregunté al misterioso interlocutor que me amplió la información. Había habido un robo en la "intersección" de las calles Humahuaca y Gascón y las dos víctimas habían sido despojadas de toda la documentación por lo que no podían ser identificadas. Ambas personas estaban heridas, una de ellas con un balazo en el tórax, y habían sido trasladadas a la sala de terapia intensiva del Hospital Italiano, donde estaban a cargo de una tal Doctora Rojas. "Una de estas dos personas, un masculino de entre 30 y 40 años y un femenino de entre 25 y 35, mencionó el nombre X (que era de un familiar mío, que vive conmigo), lo que no sabemos es si es alguien que vive ahí o qué", se explayó el Oficial, mientras consultaba a un supuesto Sargento sobre el dato del nombre.


"Ajá", le dije yo. "Pero sigo sin entender qué aporte le puedo hacer yo desde acá, no tengo idea de quien se puede tratar", le respondí. El Oficial insistió en que tal vez yo o alguien de mi casa le podía aportar algún dato para avanzar en la investigación. Me dijo que pensara si alguien de mi casa podía ser uno de los involucrados y yo le dije que no, que estábamos todos en mi domicilio. "Todos los que vivimos acá, estamos acá", le contesté.


Ya un poco frustrado, el Oficial insistió para que yo le hiciera algún aporte. Yo le dije que no podía saber quien le podía haber dado mi número y que sentía mucho no poder ayudarlo. Se despidió diciéndome que si me volvían a llamar, que por favor dijera que él ya había llamado. Me dio su nombre y su número de placa y me pidió por favor que, si tenía alguna novedad me comunicara de inmediato al 911, porque ya le había pasado antes de haber llamado por un caso similar, que no le creyeran y que después lo retaran a él.


Entre idas y vueltas, explicaciones y repeticiones, la conversación se extendió unos 15 minutos. Evidentemente, el hecho que me querían vender no era real. No hay nadie que yo conozca, por lo menos que me acuerde, que se sepa de memoria el teléfono de mi casa y menos probable es aún que lo vaya a decir "justo antes de desvanecerse". Ahora bien, ¿qué pretendía este individuo? ¿Era un intento de cuento del tío, del estilo, su familiar está mal, venga con dinero para ayudarlo? La conclusión a la que llegué, es que el Oficial Gómez intentaba sacar algún dato más sobre mi casa o mi familia, para usar esa información en el futuro. Sabido es de muchos casos de falsos secuestros en los que se pide rescate por alguien que suspuestamente está secuestrado pero en realidad no lo está. Este no parecía ser el caso, por lo menos no me doy cuenta cómo. Tal vez fue un intento infructuoso o una simple pérdida de tiempo de un cráneo aburrido. Difícil de determinar con exactitud. Lo cierto es que en esta Argentina siglo XXI hay que estar atento y mantener la calma para no caer en las garras de los abundantes inescrupulosos que hay por ahí.

sábado 9 de mayo de 2009

Un mundo maravilloso





Las noticias que los medios nos proporcionan día a día son espantosas: crímenes, robos, narcotráfico, políticos que mienten descaradamente, el dengue, la gripe porcina, guerras que nunca terminan, gente que quiere arreglar todo con la pena de muerte, aumento de la desocupación y miles de etcéteras más. En el medio de ese panorama nos encontramos con gente totalmente desinteresada por los aconteceres antes mencionados, cuyo único interés es “pasarla bien”: vestir a la moda, emborracharse, drogarse, tener sexo con el primer extraño que se les cruce, los que pueden, comprarse los últimos inventos electrónicos (ipod, iphone, hacerse el face -por facebook-) y así alejarse lo más posible de aquella realidad impía. Es decir, por un lado tenemos aquel despiadado mundo y por otro, una enorme porción de la sociedad que se escapa de él de la manera más vil y decadente.


La suma de todo eso da un resultado apabullante y desesperanzador. Ya sea por la formación que tuvo o por una sensibilidad adquirida vaya uno a saber dónde, uno se preocupa, se pregunta e intenta, sin éxito, responderse por qué el mundo es tan injusto y depravado y por qué hay tanta gente que vive en la inopia total, sin el más mínimo interés en hacer algo por arreglarlo. Luego reflexiona un poco más, observa, lee, escucha, conversa y se da cuenta de que también hay mucha gente que comparte la inquietud y la preocupación; de que hay muchos que hacen un montón de cosas para cambiar la realidad, desde escribir un artículo en un diario o en un blog, hasta juntar ropa para una escuela rural o dar clases en una parroquia de una villa; y de que hay tantos otros que, sin llegar a tener una posición activa ante todo lo que pasa, también se disgustan, se angustian y se indignan ante la realidad que les toca vivir; de que hay muchos a los que le gustaría vivir en un mundo más justo y equitativo, con más amor y solidaridad.


Como destruir es más fácil que construir, el mundo sigue cayéndose a pedazos, como diría un compañero de trabajo que tuve hace un tiempo. El panorama no es alentador: crisis económica, crisis energética, crisis sanitaria, crisis climática y ambiental, y por sobre todas estas y causante de las anteriores, crisis moral. Claro que esto no es nuevo, viene de lejos. “El mundo fue y será una porquería, en el 510 y en el 3000 también”, cantaba Discépolo; cuánta razón tenía. Elijamos el año que elijamos, siempre vamos a encontrar guerras, injusticias, crueldad, muerte. Por eso el pesimismo le gana la pulseada a la esperanza de poder construir un mundo mejor. Sin embargo, el amor por la vida debe triunfar, no en el resultado final, que es incierto y difícil de remontar, sino en el qué hacer diario. Amar la vida, amar las cosas que uno hace e intentar construir un mundo mejor, así sea contra los molinos de viento, es el desafío más grande y más hermoso que nos podemos plantear. Aunque sea para equilibrar un poco este zafarrancho que no deja de ser el maravilloso mundo en el que vivimos. Porque a pesar de todo y de todos, hay un montón de cosas que se pueden hacer para ser mejores cada día.

domingo 3 de mayo de 2009

Historias cruzadas


Coria se va, Gaudio revive

El tenis argentino no está en su mejor momento. La derrota en la final de la Copa Davis del año pasado ante España y las disputas dentro del equipo enfriaron el entusiasmo que se sentía hasta entonces. Además, Argentina ya no tiene tantos jugadores entre los mejores del ranking: apenas un top ten, cuatro entre los primeros 50 y nueve top 100, de los cuales sólo Del Potro, 5º en el escalafón, parece tener una proyección auspiciosa. Nalbandian (18º) deambula con sus altibajos habituales y los demás tienen un nivel medio, que suele estar relacionado con superficies y momentos. En ese contexto, esta semana deparó dos noticias destacadas: el retiro de Coria y la vuelta al triunfo de Gaudio, dos de los mejores exponentes de las raquetas albicelestes de la última década.

Enemistados por cuestiones de piel, los dos compartieron la característica de ser talentosos hasta el lujo, inevitablemente vistosos. Y también los unió cierta inestabilidad anímica, esa que tantas veces los hizo sufrir haciendo lo que más les gusta hacer: jugar al tenis.

La final de Roland Garros de 2004 los marcó a ambos. Fue el cielo para Gaudio y una espina gigante en el corazón para Coria, que tuvo todo para ganar y no pudo hacerlo. Gastón logró algo que tal vez nunca pensó que alcanzaría. Y, aunque mantuvo un buen nivel luego de esa final, para Coria fue el comienzo de una serie de infortunios que minaron su carrera, hasta que el hombro derecho lo alejó de a poco de las canchas. Cada vez sufría más para tratar de volver y como dijo esta semana al anunciar su retiro, no estaba siendo sincero con él mismo porque volvía sin ganas, lo hacía por obligación, para responder a las expectativas de terceros y no a su propio deseo. Y hacer algo sin ganas es muy contraproducente. Si encima hablamos de un deporte de alta competencia, donde la motivación es fundamental, la batalla estará perdida de antemano. Por eso, el anuncio de Coria es lógico y plausible: elaboró el duelo y tuvo el coraje para decidir algo que asusta de sólo pensarlo: dejar de ser lo uno soñó desde chiquito.

El caso de Gaudio es parecido. El tenis de alta competencia le dio tantos o más dolores que alegrías. La caída de su nivel tiene una fuerte raíz anímica, en su desgano, su desmotivación. A partir de esta situación, Gaudio empezó a perder más seguido, a jugar cada vez menos y a caer en el ranking. Abandonó por un tiempo, volvió a jugar, volvió a abandonar, volvió a jugar otra vez. Siempre con derrotas ante ignotos y monólogos en pleno partido, repitiendo que el tenis no es para él, qué debería dedicarse a otra cosa. Pues bien, ese Gaudio, el que tantas veces ha sufrido su condición de tenista profesional y que el también alguna vez se consagró campeón de Roland Garros, hoy volvió a ganar un título luego de casi cuatro años: se consagró en el Challenger de Túnez, tras vencer en tres sets al portugués Federico Gil. Si se tiene en cuenta el rango del torneo, fue un triunfo menor. Pero si se considera el camino por el que viene Gaudio, esta victoria es un triunfo que va más allá del éxito en sí: marca que el Gato todavía tiene hilo en el carretel y que si se libera de sus pesares puede seguir jugando, más allá de cuantos partidos gane y cuantos pierda.

Protagonistas de uno de los hechos más importantes de la historia del tenis argentino, Coria y Gaudio transitan caminos contrapuestos. Pero ambos lo hacen buscando lo mismo, lo que todos, mal o bien, buscamos: paz y felicidad.