Nadie sabe cómo seguirá esta historia, ni siquiera ellos lo tienen del todo claro. Después de 20 años, Los Piojos dijeron basta, se retiran hasta nuevo aviso. Tal vez vuelvan, tal vez, no. Decidieron parar y está bien, es una decisión meditada, pensada. Lo hicieron en un gran momento, luego de publicar un disco, Civilización, de gran calidad artística y musical, que cautivó al público de siempre pero también a los extraños, a los que no son fanáticos, sino que disfrutan de sus letras y sus temas con un poco más de calma y distancia.
Con un ritual, así denomina la tribu piojosa a los recitales de la banda, largo y emotivo, en el que repasaron una gran cantidad de temas de su amplio y diverso repertorio, Los Piojos se despidieron ayer de su público en un estadio de River colmado por más de 60 mil seguidores que disfrutaron y se emocionaron a más no poder. El frío y la lluvia que azotaron Buenos Aires sólo fueron un condimento más, un elemento que hizo más épica una noche que de por sí iba a ser distinta, inolvidable.
Personalmente, no soy fanático de Los Piojos, aunque debo confesar mi admiración y mi gusto por la música y también por el estilo de la banda, siempre cuidado, lejos de los escándalos, las declaraciones rimbombantes y la exposición mediática. Construyeron su prestigio a base de esfuerzo, con perfil bajo, buenas canciones y mejores recitales, siempre en paz, siempre de fiesta.
El año pasado me encontró de viaje por España. Casualidades de la vida, mi presencia en la bella Galicia coincidió con la gira de la banda por la península ibérica. En la mítica Santiago de Compostela, Los Piojos dieron uno de los shows que fue parte de un largo periplo que incluyó Bilbao, Barcelona, Madrid y Valencia. En la sala Capitol, un pequeño teatro devenido en local para recitales, Los Piojos dieron un ritual casi íntimo, para poco más de 1.000 personas. La foto y el video de este post pertenecen a aquel recital, pequeño y no muy extenso ya que no llegó a las dos horas. Sin embargo, el clima íntimo, en una ciudad mística, lejos de casa y con un millar de piojosos embebidos por la emoción de disfrutar de una de las mejores bandas de la historia del rock argentino, me dejaron una sensación hermosa, difícil de describir e imposible de olvidar.
Los Piojos se fueron, nadie sabe si volverán. Ellos no pueden afirmar ni lo uno ni lo otro. No pueden decir nos vamos para siempre porque saben que la posibilidad de volver va a estar latente. Y tampoco pueden prometer un regreso seguro y después no cumplir con su palabra. Lo cierto es que dijeron adiós y que su ausencia se va a sentir en los corazones y las almas de mucha gente, más allá de que sus canciones y sus rituales sigan sonando por siempre en esos mismos corazones y en esas mismas almas.
