La vida, el dolor y el despuésLa vida no tiene ningún sentido. Al final, todos nos vamos a morir. La primera frase de este texto puede generar alguna disidencia pero la segunda es indiscutible, más allá de las creencias que abogan por la reencarnación o la vida después de la muerte, en el cielo, el infierno o vaya uno a saber dónde. El carácter perecedero de la existencia es inevitable. Y como es inexorable y sabido, eso no es lo importante ya que no se puede remediar. El problema no es la muerte, sino la vida. Lo importante es que antes de morirnos vamos a vivir la vida, un camino lleno de ilusiones, desengaños, frustraciones, miedos, alguna que otra alegría y muchos dolores, inevitables dolores. Casi tan inevitables como la muerte misma.
Puede ser porque nada llena nuestro espíritu, por el tedio propio de la existencia. Puede ser por la dificultad para hacerse valer en un mundo cada vez más competitivo, exigente e incierto, en el que el caballero don dinero es la prioridad y donde la estabilidad laboral y los sueldos abundantes son una quimera. Puede ser por la muerte o enfermedad de un ser querido o por vivir una situación límite, como un accidente o una situación de violencia extrema. Puede ser por un fuerte desengaño amoroso, de esos que hacen que el corazón estalle en mil pedazos y el pecho se cierre hasta casi no poder respirar. Por cualquiera de estas u otras razones, el ser humano experimenta dolores tan fuertes del alma que hacen que la vida parezca un castigo y no un regalo.
Golpes y más golpes. Uno se los va dando a medida que avanza en este universo cruel y desalmado. Siempre habrá algo o alguien que nos haga sufrir, enojar, doler. A algunos, el sufrimiento y el dolor les pega tan fuerte que no son capaces de recuperarse. Caer en las drogas, el alcohol o cualquier otra adicción, como internet o la ludopatía, u otros desórdenes como la bulimia y la anorexia, el consumismo compulsivo o algún fanatismo extremo. Esos son algunos de los escapes que encuentra la gente para tratar de evitar el profundo dolor y la extrema angustia que suele generar la existencia.
Ese dolor y esa angustia plantean un gran desafío. Cuando el dolor y la angustia llegan, cuando la tristeza nos apabulla y la vida se transforma en una pesadilla, ese es el momento para crecer y mejorar, en busca de un espíritu superior que nos permita resistir con más entereza los sufrimientos futuros y disfrutar como nunca de los pequeños tesoros que la vida nos propone todos los días. Es aquí cuando se aplica la famosa frase del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844 - 1900), hablando del hombre superior: "Lo que no le mata le hace más fuerte", popularmente conocida como "lo que no te mata te fortalece". La frase pertenece al capítulo que se titula Por qué soy tan sabio, del libro Ecce Homo (
http://www.nietzscheana.com.ar/de_ecce_homo.htm). En él, Nietzsche habla de que un ser enfermizo no puede sanar mientras que "para un ser típicamente sano el estar enfermo puede constituir incluso un enérgico estimulante para vivir, para más vivir". Se refiere luego a una etapa oscura de su vida:
"Así es como de hecho se me presenta ahora aquel largo período de enfermedad: por así decirlo, descubrí de nuevo la vida, y a mí mismo incluido, saboreé todas las cosas buenas e incluso las cosas pequeñas como no es fácil que otros puedan saborearlas, - convertí mi voluntad de salud, de vida, en mi filosofía... Pues préstese atención a esto: los años de mi vitalidad más baja fueron los años en que dejé de ser pesimista: el instinto de autorestablecimiento me prohibió una filosofía de la pobreza y del desaliento... ¿Y en qué se reconoce en el fondo la buena constitución? En que un hombre bien constituido beneficia a nuestros sentidos, en que está tallado de una madera que es, a la vez, dura, suave y olorosa. A él le gusta sólo lo que le es saludable; su agrado, su placer cesan cuando se ha rebasado la medida de lo saludable. Adivina remedios curativos contra los daños, saca ventaja de sus contrariedades; lo que no le mata le hace más fuerte". La vida, es cierto, no tiene ningún sentido, el sentido se lo da uno. Está en uno encontrar algo digno y sabroso por lo que vivir. Aunque no sea fácil, todo lo contrario, cada uno debe buscar algo que le eleve el espíritu y le llene el alma, puede ser en las cosas más simples como un libro, una comida, la música, el deporte; o en otras más complejas, como el amor que es el tesoro más buscado, ese peligroso arte que puede llevarnos a la máxima felicidad o a la peor de las angustias.
Siempre hay algo por lo que resistir las peores infamias como enfermedades, desamores, traiciones, trabajos extenuantes y rutinarios, dolores del alma y del cuerpo. Siempre aparecerá algo que nos haga frustrarnos y sufrir, es inexorable. Sin embargo, por todos los golpes que nos amedrentan el espíritu, si uno resiste, lucha y busca, si persiste tenaz y valeroso, en algún momento encuentra pequeñas caricias, bálsamos, oasis que hacen que vivir no sea en vano, todo lo contrario. Como dijo el Polaco Goyeneche, para gozar, primero hay que saber sufrir, aunque la proporción suela ser muy despareja. Lo importante, y a su vez muy complicado, es tener la suficiente entereza para mantener el equilibrio, aguantar las tempestades, transformar el dolor y la angustia en crecimiento, y gozar cuando la vida nos lo permite. Así, vivir sí tendrá sentido.